La peli está bien, de hecho es una peli de aventuras bastante bien hecha, con la acción y la emoción perfectamente repartida a lo largo de la misma (no como cierta peli de piratas), y con una lucha final (¡conseguido! coletilla marxista perfectamente calzada en un postis de Harry Potter) que viene a cuento y que no suena a única excusa de la peli.
Dicho esto, la gente está loca. Vamos, a quien se le diga, esperando horas en una cola para comprar un libro que sale a la venta a las doce de la noche… Locos, todos locos.
Eso sí, ya me he pedido quince días de vacaciones para la cola del iPhone.

De verdad que esto de J.K. Rowling sí que es alquimia de la buena. Transformar en oro un pedrusco. Mire que siempre intento verlo por el lado positivo. Como cuando le dieron el Príncipe de Asturias a la Concordia (como si no hubiese gente jugándose la cara por llevar un poquito de eso a rincones de los que no nos acordamos). Uno hace un esfuerzo y -a parte de concluir que había algún fan en el jurado que pudo tirarse el pisto trayendo a la Rowling para envidia de los compañeros de clase de su hijos- piensa que sí, vale, millones de niños de diversas culturas reunidos en torno a un libro y bla, bla…
En el fondo, con un poco de sal de frutas traga. Pero es que después de Dan Brown, es el fondo es el fenónemo paranormal más asombroso que uno recuerda. El poder del marketing es infinito. De hecho, deben de ser dos genialidades porque uno ve la fórmula y no dejan de ser dos chuscos, dos despropósitos. Y sin embargo, el personal enloquece…