Domingo para más señas, así que un día pelín perro, como desde ayer parece ser costumbre. El caso es que hoy hemos decidido no intentar ver todo Hong Kong en un sólo día, como nos ha estado pasando hasta ahora, y la cosa ha cundido bastante más.
Eso sí, como sigamos con este calor, esta humedad, y comiendo tan ligerito, nos vamos a quedar en el varillaje. Pero a lo que iba, la trepidante historia el día de hoy ha comenzado cogiendo un autobús de los de dos pisos, hasta Tai Wai. El autobús pasa por Sha Tin:

Exacto, son torres enormes en medio de la selva. Como en cualquier otra parte de Hong Kong.
Como decía, íbamos a coger el KCR en Tai Wai, que resulta ser una estación enorme y supermoderna, que ya quisieran para sí en Cercanías (de las odiosas comparaciones con el transporte público en España ya hablaremos otro día):

Como por arte de magia, y tras algún que otro transbordo, aparecimos en Sheung Wan. Para los amantes de la geografía, aquí va un mapita, cortesía de Google:
Ver mapa más grande
Bien, una vez fuera del metro, nos encontramos con esto:

Pero al final, conseguimos llegar a Man Mo Temple, nuestro destino del día. En este templo se venera al Dios de la Literatura (Man) y al Dios de la Guerra (Mo). Lo más curioso del templo no está en su exterior, desde luego:

que como se ve, parece algo más bien churretoso y, como casi todo por aquí, está encajado entre torres enormes:

Pero una vez dentro, el espectáculo es impresionante. Por el tejado del templo, semi abierto, se cuelan rayos de luz que caen sobre cientos de conos de incienso en combustión. El olor a incienso, el humo, el calor, la escasa luz, el contínuo ir y venir de los fieles te hacen sentir en otro mundo. Pero empecemos por la entrada. En ella, te encuentras con un señor que va preparando barritas de incienso:

Y lo mejor está en el interior. Cientos de conos de incienso, de cada uno de los cuales cuelga un papel con una ofrenda:

Los conos se van quitando según se van consumiendo:

Mientras, continuamente está entrando gente que enciende una vara de incienso, hace una reverencia, deja un donativo, toca un gong y se marcha. Y estamos entrando y saliendo los turistas, claro. Total, que a mí que estas cosas de las religiones me dejan más bien frío, pero me estaba dando hasta apuro seguir allí.
A la salida, nos hemos ido a buscar un par de templos más que estaban cerca. Curiosamente, no parecían templos. Véase:

Nótese que hay una persona dentro, así como varios ventiladores.
Al seguir callejeando, de repente nos hemos visto metidos en una calle (Cat Street), llena de puestecillos de antigüedades y memorabilias varias. El personaje favorito era, sin duda, Mao:


Pero había muchas más cosas, como por ejemplo, un cruce entre Bruce Lee y La Masa:

O un cuadro, que parecía un óleo, de ¡¡¡¡Kramer!!!!

O esta especie de mezcla entre perro y dragón (o lo mismo es un león con permanente):

El caso es que de ahí nos hemos ido a conocer a dos compis chulis de Celia, y ya se nos ha hecho la hora de volver a casa a poner la lavadora. Hasta que, a mitad de camino, nuestro infiltrado nos ha llamado para ver si queríamos ir a cenar a Tai Po, y como somos tan fáciles…
De la cena no hay fotos, así que lo voy a tener que intentar contar con palabras. Nos hemos metido en un chininguito (mezcla de chino y chiringuito) en el que todas las mesas son de ocho personas. Lo de las ocho personas es importante, porque, supongamos que eres jonkonés, y sales a cenar con tu encantadora esposa y tu no menos encantador churumbel. Estás tan pancho en tu mesa para ocho, y de repente te sientan al lado a tres blancos, dos de ellos con los ojos como platos.
Pues lo mismo ha debido pensar la familia con la que nos han sentado. De hecho, una vez se les ha pasado el susto, se han estado escojonando de nosotros toda la cena (con discreción, eso sí, pero con toda la razón) al ver cómo nos manejábamos con los palillos, el arroz…
Por si fuera poco, aunque el infiltrado se apaña con el chino, como nos han visto tan paliduchos, nos ha venido a preguntar lo que queríamos uno de los cocineros, al que supongo que sus compañeros tendrían como “el que habla inglés”, y que lucía un lunar en la mejilla del que nacían tres pelos de aproximadamente metro y medio de largo (algo menos, pero captan la idea).
Los exquisitos manjares degustados han sido: cerdo asado y ganso asado (un cuarto de ganso) acompañados de un cuenco de arroz. Delicioso.
Y de ahí, a casa. Como ya tenemos una soltura impresionante con el cantonés, le hemos dicho al conductor del autobús que íbamos a “feichoi fayún” que es el nombre de nuestra parada (Savanna Garden), y nos ha cobrado tarifa reducida, y nos ha avisado cuando hemos llegado. Vamos mejorando.
Celia tiene el honor de entregar el Yakichán de Loto de hoy a los pelos del lunar del cocinero donde hemos cenado (lo que incluye al resto del chininguito).
Para César es un honor entregar el Yakichán de Loto de hoy a Man Mo Temple.